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Vive en la memoria de la sultana el trabalenguas de Mon

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Carátulas: Mon Rivera
En la vida de Mon Rivera (1924-1978), como en los trabalenguas que le hicieron famoso, resuenan los dolores, alegrías, cadencias y carencias del puertorriqueño de mediados del siglo pasado: pobreza, música, béisbol, migración, drogas y olvido.

Mon, cuyo nombre de pila fue Efraín Rivera Castillo, heredó el apodo de su padre Ramón Rivera Alers, hoy recordado como El Viejo Mon Rivera. De él también aprendió los toques y cantos pleneros que años más tarde inmortalizaría junto al timbalero Moncho Leña allá en la ciudad de Nueva York.

Corrían los años treinta y en Mayagüez se vivía la pobreza extrema. El Viejo Mon se ganaba la vida por las calles entonando coros publicitarios para los comercios. Acompañado del pandero, improvisaba y componía letras que retrataban la cotidianidad de su gente. Más allá de su oficio de plenero publicitario, desarrolló un estilo de hacer plena que heredaron sus hijos Efraín e Ismael "Cocolai" Rivera González. Ellos lo seguían por el pueblo y lo acompañaban durante las festividades de Reyes Magos, fecha en que la plena inundaba las calles mayagüezanas.

En su juventud, Efraín combinó el toque del pandero con el swing del bate de béisbol. Jugó con el equipo Las Mesas en la Liga del barrio París en Mayagüez al lado de íconos del deporte como Luis "Canena" Márquez Jorge "Múcaro" Rosas y Luis "Kimby" Avellanet. Pero llegó el momento de decidir, pudo más la música y Mon optó por irse con su plena a Nueva York a inicios de los años cincuenta.

En la Gran Manzana, Efraín se conviritó definitivamente en el gran Mon Rivera. Cantó con las agrupaciones de Willie Manzano, Jose Cotto, Cholo y su Combo y Luis Quintero. Compartió escenario con Tito Rodríguez, Tito Puente, Machito Grillo y el Combo de Rafael Cortijo. Grabó sus plenas, pero también merengues, guaguancós, mambos y pachangas.

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Aún así, fueron las plenas compuestas por su padre en Mayagüez las que lo inmortalizaron en esa etapa junto a Moncho Leña y Los Aces del Ritmo. Agarró temas como El Gallo Espuelérico, El Palo de Pana, Carbón de Palito y Aló quién ñama, les hizo arreglos con vientos e instrumentación de orquesta, y puso a gozar con su plena a los bailadores en Nueva York.

Compartió también en Nueva York con su hermano Cocolai, percusionista y sonero, que formó parte de varias de las agrupaciones en las que Mon cantó la plena que ambos heredaron de su padre.

Ya en los años sesenta Mon y su plena con trombones, bautizada como la Trombanga, eran un referente. Influenció el sonido salsero que se desarrolló a finales de esa década e, incluso, en 1962 La Perfecta de Eddie Palmieri lo acompañó en dos temas de su album Qué Gente Averiguá: Lluvia con Nieve y En Casa de Pepe.

Como tantos otros boricuas, de la banda allá y la banda acá, Mon cayó en el abuso de las drogas. Su trabalenguas no se oyó en tiempos del boom salsero en Nueva York hasta que Willie Colón lo rescató en 1975 con el LP Se chavó el vecindario. Este álbum es considerado por muchos expertos como uno de los mejores de la historia de la salsa y en él se destacaron dos temas: La Humanidad, de don Tite Curet Alonso, y Ya llegó, de Felito Félix.

Mon murió en marzo de 1978 de una hepatitis provocada por sus problemas con las drogas. Su último disco junto a Willie Colón, Forever, salió tras su muerte y no tuvo el impacto del anterior. Desde entonces, han sido muchos los artistas que han enfatizado en la influencia de Mon en sus carreras. Entre ellos, Rubén Blades, quien lo homenajea en su versión de la canción El telefonito, y Oscar D' León, quien en repetidas ocasiones ha hablado sobre su admiración por el mayagüezano. Incluso, la agrupación Los Dislocados, una banda salsera de Ucrania, imita el trabalenguas de Mon en un fragmento de su canción Plena Pa' Tontos.

En Puerto Rico el nombre de Mon Rivera pasa inadvertido para muchos, sus canciones, así como las del Viejo Mon, están fuera de la radio por problemas legales y las imágenes de sus presentaciones en vivo escasean. Aún así, en las fiestas, calles y parrandas, no dejan de escucharse coros como "en el palo de pana vive Juana Morales..." o "la humanidad, qué quiere la humanidad". Y pocos, si alguno, se resisten a bailar cada vez que escuchan aquel coro en trabalenguas que dice: "askarakatakatiskistaskatiskis..."